Este edificio fabril fue construido entre 1892 y 1894 por la sociedad que formaban los señores Leopoldo Hurtado y Espinosa (accionista principal), Nabor Hurtado y Espinosa, Wenceslao Hurtado, Silviano Hurtado y Silviano Martínez; para llevar a cabo el proyecto de construcción, la sociedad tuvo que comprar las huertas de Los Cedros y El Zapote, cuya ubicación a orillas del Cupatitzio permitía aprovechar la corriente del río como un potente generador de fuerza motriz. Posteriormente la sociedad se dio a la tarea de buscar la fuerza de trabajo, es decir, obreros familiarizados con la industria textil y dispuestos a incorporarse a las diferentes actividades –como el cardado, el lavado y el hilado del algodón–, junto con un grupo de técnicos extranjeros encargados del mantenimiento de los telares, de origen inglés. Estos telares eran traídos desde Pátzcuaro a Uruapan en carretas tiradas por bueyes, ya que por esos años no se contaba con el ferrocarril.

Al principio la Fábrica de San Pedro ofrecía productos de la mejor calidad, pues eran elaborados con lino, lana, algodón y seda, pero después hubo problemas con el suministro de la materia prima y la producción tuvo que diversificarse, hilándose también rebosos, toallas y pañuelos, entre otros artículos.

Fue precisamente durante el porfiriato cuando la economía michoacana adquirió suma importancia, sobre todo la industria textil, junto con la agricultura y el comercio.

La Fábrica de San Pedro alcanzó su auge entre 1904 y 1905, cuando se construyeron varias presas y canales que permitieron aumentar la producción, así que al final de esa primera década ya contaba con una capacidad de 200 telares y más de 600 husos.

Asimismo, se impulsó el cultivo de la morera, cuyas hojas constituyen el principal alimento del gusano de seda.

Con el transcurso del tiempo y debido al reducido salario y a las largas jornadas de trabajo, los obreros se levantaron en huelga en repetidas ocasiones, provocando grandes pérdidas a la empresa; ante la posibilidad de quiebra, la fábrica pasó a manos de los trabajadores para que fuera manejada como cooperativa, lo que a final de cuentas tampoco funcionó.

A pesar de que Uruapan no se convirtió en la zona industrial michoacana, la economía basada en la agricultura, la explotación de madera y la industria textil contribuyeron en gran medida al progreso de la localidad.