La historia nos dice que desde tiempos prehispánicos la región estaba habitada por una compleja sociedad P'urhepecha, cuyo centro era Tzintzuntzan (lugar de colibríes). Cuando llegaron los conquistadores los antiguos habitantes fueron perseguidos, asesinados, saqueados y sus mitologías ofendidas. De esta manera los indígenas huyeron hacia las montañas para protegerse de los invasores.

Bajo este contexto, en 1533 llegó Fray Juan de San Miguel, monje franciscano que realizó una gran labor de mediación, evangelizador y pacificador. Con el tiempo los convenció de regresar a sus comarcas, los organizó en comunidades y a cada una le asignó un Santo Patrón. Fue así que se fundaron los nueve barrios de Uruapan:

Cada barrio se regía por un gobierno llamado República de Indios que con el tiempo se convirtió en un auténtico poder paralelo al Gobierno Español. El representante de la República se elegía cada año en asamblea. Esta institución desapareció en 1767 cuando la corona española los castigó por los continuos amotinamientos de protesta en contra de la monarquía.  

Por otra parte la organización religiosa era depositada en cuatro "Cargueros", en indios "Semaneros" y en un "Mayordomo". En cada uno de los barrios se edificó una capilla en la cual se construyó un retablo con la imagen del Santo Titular, ornamentos decorativos y un órgano, frente al atrio un cementerio. Cada barrio tenía también su coro, una escuela, un molino de trigo.

El Barrio de La Magdalena fue uno de los primeros y estaba ubicado en una zona conocida como de San Nicolás en donde el molino estaba movido por agua del Ravelero.

Los indígenas acostumbraban reunirse todas las tardes en su capilla a aprender y cantar la doctrina cristiana. Cuando celebraba la fiesta en honor a su Santo Patrón prevalecía el respeto y alegría, sin embargo se sucitaba una cierta rivalidad entre los barrios.

Con la finalidad de limar asperesas y solucionar problemas entre los pobladores Fray Juan se propuso unir lazos a través de la Ceremonia de "Las Coronas". Esta consistía en invitar a los pobladores de los barrios vecinos a dar o recibir su corona en el recinto del Santo Patrón que se festejaba. Arrodillados frente al altar, el padrino colocaba un velo sobre la cabeza del ahijado y encima la corona de flores del Santo Titular, mientras que otro indio como testigo de la ceremonia oraba y cantaba para recibir bendiciones del cielo, al terminar el coronado recibía un paquete de rosquetes amarrados con una zikua (de plátano) además le regalaba 2 ó 5 centavos.

De esta manera padrinos, ahijados y compadres se consideraban unidos por un lazo espiritual, se trataban con afecto y respeto aunque pertenecieran a distintos barrios. La costumbre fue retirada por un sacerdote hace como 20 años, en el único barrio que se conserva esta tradición es en Santo Santiago.